Una reflexión a propósito del inicio de la Cuaresma

Ahora que comienza el tiempo de Cuaresma, quisiera proponer una reflexión sencilla pero necesaria: ¿qué tiene la Cuaresma para decirle hoy a Cáritas? La imagen que se me viene al corazón es la del desierto. Y junto al desierto, una palabra: silencio. ¿Qué tiene que ver el silencio con Cáritas? Me animo a decir algo: si no existe el silencio, tampoco existirá Cáritas. No hay verdadera Cáritas sin silencio. ¿Por qué? Porque el silencio es la condición de posibilidad para que surja la palabra, para que nazca la paz, para que haya discernimiento. Si no hay silencio, no hay discernimiento. Y si no hay discernimiento, no podremos poner —como decía Angelleli, de quien este año conmemoramos el 50° aniversario de su martirio— un oído en el pueblo y otro en el Evangelio.

El silencio es la cuna de la palabra, decía el jesuita Fernando Boasso. Es la cuna del discernimiento. Es la cuna de la acción verdadera, de la palabra puesta en obra, del amor que se hace concreto. Muchas veces, incluso bajo apariencia de bien, nos aturdimos. Nos llenamos de planes, de estrategias, de metodologías. Nos dejamos llevar por la ansiedad, por las urgencias, por las angustias ajenas y propias. Nos aturdimos de deberes, de mandatos, de discursos. A veces incluso nos aturdimos de cosas buenas. Y ese exceso de ruido —aunque sea noble— nos va secando. No todo lo que suena fuerte es lo que Dios está diciendo.

A veces, con buena voluntad, pensamos, opinamos, transmitimos, insistimos en ciertas ideas, pero no necesariamente hacemos un silencio fecundo. No necesariamente dejamos espacio para que surja la palabra del otro, la palabra del que nos necesita, la palabra del pueblo, la palabra del Evangelio, la palabra de Dios. Sin silencio, escuchamos lo que queremos escuchar. Con silencio, comenzamos a escuchar lo que verdaderamente se nos dice.

El silencio no es el del cementerio. No es el del que calla por miedo o por indiferencia. Es un silencio fundante. Es el silencio que hace lugar. Es el silencio que abre espacio para que entre lo verdadero. Es el silencio que nos purifica de ruidos innecesarios —aunque esos ruidos sean buenos— para quedarnos con lo esencial. En Cáritas podemos correr detrás de discursos hermosos, de causas nobles, de planes bien armados. Pero si no brotan del silencio y del discernimiento, corremos el riesgo de transformar medios en fines, de agotarnos, de desorientarnos, de convertirnos en algo que no somos.

El discernimiento es simplemente ponernos de acuerdo en estrategias. Es mucho más profundo. Implica preguntarnos, como decía San Ignacio, que conviene hacer según tiempos, lugares y personas.

Y eso solo es posible si antes hemos hecho silencio. Silencio incluso de nuestros egos, de nuestras ideas preconcebidas. Silencio de “lo que siempre se hizo así”, de discursos que ya no interpelan. Silencio para dejar que Dios sea Dios y dejar que el pueblo sea el pueblo y nos diga su palabra.

No es tan obvio que en Cáritas tengamos espacios reales de oración, de desierto, de espiritualidad profunda. No es tan obvio que nos demos tiempos comunitarios de discernimiento verdadero. Y cuando faltan esos espacios, aparecen el cansancio, el agobio, la tristeza, la sensación de desborde.

La Cuaresma nos regala el desierto. Y el desierto no es vacío estéril; es lugar de encuentro. Es el espacio donde se ordenan las prioridades, donde se aquietan las ansiedades, donde se afina el oído. Quizás este tiempo sea una oportunidad para preguntarnos: ¿Cómo vivo personalmente el silencio? ¿Qué lugar tiene el desierto en mi vida? ¿Qué espacios reales de discernimiento tenemos en Cáritas? ¿Estamos escuchando verdaderamente al pueblo y al Evangelio, o escuchamos desde nuestros propios ruidos?

El silencio nos vuelve libres. Nos ayuda a buscar lo mejor, no lo más ruidoso. Nos purifica de lo accesorio para quedarnos con lo esencial.

Que esta Cuaresma sea para Cáritas un tiempo de desierto fecundo. Un tiempo para bajar el volumen, para escuchar mejor. Un tiempo para volver a poner, de verdad, un oído en el Evangelio y otro en el pueblo. Porque solo desde el silencio puede hacer una Cáritas más serena, más lúcida y fiel al sueño de Dios.

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